Las alas mágicas de Antonio Conde Lorenzo

13 noviembre 2009

Juan Carlos Díaz Lorenzo

Antonio Conde Lorenzo tiene el privilegio, escrito en letras de honor, de ser el primer piloto de aviación nacido en La Palma. Un sueño de infancia que se hizo realidad en una época en la que los sueños eran casi siempre inalcanzables. El empeño de un niño nacido y criado en el seno de una familia humilde y trabajadora, que un día se hizo hombre y consiguió abrir las puertas a su temprana vocación, alimentada con el paso del tiempo, hasta que llegó el momento indescriptible de volar por primera vez y sentirse libre como el viento y audaz como los pájaros.

Antonio Conde Lorenzo abandera el esfuerzo de toda una generación de palmeros, hijos de la posguerra, que demostraron pronto su capacidad y temperamento para encontrar el camino elegido. Representa, sin duda, el sueño de un niño hecho realidad. Dignifica el afán de superación y la demostración explícita de inteligencia y capacidad de trabajo, de firmeza a una vocación y unas posibilidades que trascendían más allá de las fronteras insulares.

En esa misma línea se sitúan otros jóvenes, posteriores en el tiempo, que también alcanzaron el sueño de volar, como es el caso, entre otros, de Constantino Rubio Lorenzo, José Carlos Pérez Torres, Roberto Santos Guerra, Ramón Argany Fajardo y Ricardo Génova Galván. Este último -en la actualidad director de Operaciones de Iberia- y Constantino “Tino” Rubio, tienen ascendencia palmera por línea materna.

Nuestro personaje nació en Los Sauces el 3 de noviembre de 1940. Primogénito de cuatro hermanos del matrimonio formado por Antonio Conde Herrera y Genoveva Lorenzo Pérez, estudió sus primeras letras en la escuela del inolvidable maestro Cándido Marante Expósito -docente de gratísima memoria, distinguido con la medalla de Alfonso X el Sabio en reconocimiento a su fecunda trayectoria-, donde demostró una especial inclinación por las ciencias y las matemáticas, sin descuidar, bajo tácita advertencia, las reglas ortográficas y gramaticales en las que tanto insistía su mentor, que pronto captó las especiales cualidades de su joven discípulo.

La familia Conde Lorenzo se desenvolvía en el trabajo cotidiano entre los plátanos, el cultivo de ñames y un local desde el que distribuía materiales para la construcción, a modo de agencia de la Casa Cabrera en la ciudad norteña. A pesar de las estrecheces propias de la época, el empeño de sus padres hizo posible que tanto Antonio como sus hermanos estudiaran el bachillerato en el Instituto de Santa Cruz de La Palma, situado en la calle Real, único que por entonces existía en la isla, todo ello favorecido por el hecho de que su abuela paterna vivía entonces en la calle San Sebastián de la capital palmera, en la que los hermanos Conde Lorenzo se alojaban durante la semana de estudios, regresando los viernes en la tarde a su casa de Los Sauces para ayudar en el trabajo de la familia. Y así un curso tras otro y año tras año.

Como los jóvenes de su época, Antonio y su hermano Víctor esperaban ansiosos la llegada del fin de semana para bañarse en las aguas del Charco Azul y recrearse en las verbenas de su pueblo, en los bailes de La Galga y del Mensajero, a los que acudían, cada vez que podían, en el taxi de Manolo “machete”, acompañados, entre otros amigos, por Alfredo Herrera Medina, cuya generosa humanidad, tantas veces demostrada, forjó una amistad imperecedera.

Durante su permanencia en Santa Cruz de La Palma, y cada vez que las circunstancias lo permitían, Antonio Conde Lorenzo subía al aeropuerto de Buenavista, inaugurado en junio de 1955, para presenciar la llegada y la salida de los aviones, acompañado de otros amigos de instituto, entre ellos Antonio Concepción Pérez, Edmundo Rodríguez Blanco, Epifanio Brito, Ramón Gómez y Miguel Ramírez.

En los albores de su trascendental decisión, Antonio Conde planteó un día a sus padres que había llegado el momento de cumplir con el sueño que había abrigado desde que era niño. Contra la voluntad de éstos y de cuantos consejos pudieron transmitirle para hacerle desistir, siempre en vano, recién terminados sus estudios de bachillerato y reválida y con una maleta cargada de ilusiones, emprendió viaje a la Península, para prepararse en una academia de San Pedro del Pinatar (Murcia). Tenía, entonces, 18 años.

En el segundo intento consiguió entrar en la Academia General del Aire. Durante su permanencia en el centro militar superior de San Javier, Antonio Conde Lorenzo no sólo demostró su innegable capacidad técnica y profesional, sino también su especial aptitud deportiva, tanto en fútbol como en natación, disciplina en la que practicaba exquisitamente todos los estilos. Al mismo tiempo demostró los valores aprendidos e inculcados desde la cuna: disciplina, honradez, afecto y lealtad.

En 1964 salió de la Academia con el empleo de teniente y el número cinco de su promoción, desempeñando su primer destino en la Base Aérea de Gando, donde permanecería por espacio de tres años, volando en los aviones Junkers Ju-52, Heinkel He-111 Pedro y T-6.

Antonio Conde Lorenzo (1964)

Antonio Conde Lorenzo (1964)

Antonio Conde y hermanos

Antonio Conde Lorenzo y sus hermanos

F-5 (en vuelo)

Avión F-5 en vuelo

En 1967 realizó el curso de reactores en la Escuela de Talavera la Real (Badajoz), obteniendo la suelta en el avión F-5, pasando, a continuación, destinado a la Base Aérea de Zaragoza y, posteriormente, al Cuartel General del Aire, en Madrid, donde realizó el curso de Alerta y Control. En 1968 contrajo matrimonio en Santa Cruz de La Palma, de cuya unión nacerían tres hijos.

En 1969, Antonio Conde Lorenzo se encontraba destinado en Palma de Mallorca y ascendió al empleo de capitán. Al año siguiente pidió traslado a la Base Aérea de Gando, donde transcurriría el resto de su vida, volando en los aviones T-6 Texan, HA-220 Super Saeta, North American F-86F Sabre y CASA Northrop F-5B, así como el avión de representación oficial del general-jefe de la Zona Aérea de Canarias, entre ellos el general Francisco Iribarnegaray, con quien mantendría una entrañable amistad.

Por entonces había sido tanteado en varias ocasiones para su pase a las líneas aéreas comerciales, lo cual ya habían hecho algunos compañeros de su promoción. Sin embargo, tanto su vocación castrense como su especial deseo de seguir volando en los aviones reactores que entonces tenía la Fuerza Aérea Española, en especial el F-5 -al que calificaba como “un deportivo” del aire-, aplazó “sine die” un posible cambio profesional.

En el verano de 1974, Antonio Conde Lorenzo y su familia se encontraban de vacaciones en La Palma. Pasaron unos días de acampada en la Caldera de Taburiente. El sentido del deber provocó que interrumpiera su descanso para reincorporarse al servicio, ante el curso de los acontecimientos en el Sahara español, siendo destacado en varias ocasiones a El Aaiún y Villa Cisneros.

El 30 de septiembre del citado año, el capitán Conde Lorenzo y el comandante Martínez de Abellanosa Fernández realizaban un vuelo de entrenamiento a bordo de un avión biplaza T-6 (C.6-172) perteneciente a la 604 Escuadrilla de Entrenamiento de la Base Aérea de Gando, en la que el piloto palmero, a los mandos de la aeronave, estaba destinado desde el 26 de mayo de 1973.

Por causas desconocidas, a las 10,15 horas y cuando el avión se encontraba a una milla de Arguineguín, en el SW de Gran Canaria, el aparato se precipitó al mar, perdiendo la vida el primer piloto, mientras que el segundo consiguió sobrevivir milagrosamente. El capitán Conde Lorenzo contaba entonces contaba 33 años, mientras que el comandante Martínez de Abellanosa Fernández, natural de Sevilla, tenía 44 años.

El avión había despegado del aeropuerto de Gran Canaria a las 09,10 horas para realizar un vuelo de instrucción en una zona del Sur de Gran Canaria, procediendo por el pasillo militar. Cuando finalizó el ejercicio, el piloto pidió autorización a la torre de control, abandonó la posición de 4.500 pies de altitud y tras realizar el descenso, efectuó un viraje a la derecha y acto seguido perdió altura y cayó al mar.

“Tras el impacto contra el agua -escribe el capitán Carmelo González Romero en su libro Accidentes e incidentes aéreos. Islas Canarias-África Occidental (1934-2003)-, el aparato se hundió en pocos segundos, arrastrando en su interior a los dos tripulantes. El comandante Abellanosa se encontró sumergido y atado al avión. Consiguió quitarse el atalaje y el paracaídas e intentó salir a la superficie, pero observó que tenía el pie derecho enganchado a una cinta del atalaje del paracaídas. Se agachó para desengancharlo, logrando a los pocos segundos salir de la cabina. Cuando vio claridad, tiró de los cordones de las botellas del chaleco salvavidas para inflarlo, subiendo rápidamente a la superficie. Completamente extenuado, comenzó a nadar hacia la costa”.

Testigos presenciales dieron la voz de alarma y acudieron de inmediato al lugar del accidente a bordo de una embarcación tripulada por Manuel Negrín Ruano, consiguiendo rescatar al comandante Martínez de Abellanosa y siendo evacuado al botiquín de urgencias de la fábrica de cementos de Arguineguín. Después de recibir los primeros auxilios, fue trasladado a bordo en un helicóptero Agusta Bell del SAR -que había tomado tierra en el campo de fútbol de la localidad- a la enfermería de la Base Aérea de Gando, donde sería reconocido de pronóstico leve, ingresando posteriormente en la Policlínica de la Zona Aérea de Canarias, en la capital grancanaria.

Al lugar donde había caído el avión se desplazaron diversos efectivos a bordo de embarcaciones de la Cruz Roja del Mar, de la fábrica de cementos de Arguineguín y de la Armada. A las 15 horas, y después de muchas dificultades, el buzo Dominique Rubaglia, rescató el cuerpo sin vida del capitán Conde Lorenzo, que se encontraba en la cabina del avión, en una profundidad de unos 18 metros, siendo depositado a bordo de la embarcación de la Cruz Roja y evacuado a la fábrica de cementos y posteriormente trasladado a la enfermería de la Base Aérea de Gando, donde quedó instalada la capilla ardiente.

El 1 de octubre siguiente, los restos mortales del infortunado piloto palmero recibieron cristiana sepultura en el cementerio de San Andrés y Sauces, por expreso deseo de su familia. Trasladado el féretro desde la Base Aérea de Gando a bordo de un DC-3 del Ejército del Aire, a su llegada en el aeropuerto palmero se formó una impresionante comitiva fúnebre que le acompañó hasta la iglesia de Nuestra Señora de Montserrat, en la ciudad de Los Sauces y a continuación a su última morada, a hombros de su familia y amigos y de sus compañeros de 604 Escuadrilla, el teniente coronel Lizondo y los capitanes Somalo y De Francisco.

Acabó así el sueño hecho realidad de un hombre excepcional, que honró a los suyos y al Ejército del Aire, a su querida tierra natal, La Palma, y a España. Su espíritu inquieto, emprendedor, dinámico y audaz permanece en el recuerdo de cuantos le conocieron como ejemplo de valor, tesón, sacrificio y abnegación.

Publicado en DIARIO DE AVISOS, 3 de diciembre de 2006

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